11 de marzo de 2004

11 de Marzo de 2004.

Recuerdo bien ese día, más bien esa mañana. Despertaba en Roma, más tarde que pronto, después de una noche que acabó también más tarde que pronto. Al encender el móvil vi que tenía más de diez llamadas de mi hermano y dos mensajes. “Dime cosas tan pronto leas esto” y “Acabo de hablar con mamá. Están bien. No te preocupes”. ¿Qué? ¿Que no me preocupe? ¿Para qué me iba a preocupar? Nuestros padres estaban de viaje en Madrid, y sabía que estaban bien, o eso me dijeron el día anterior… Demasiada información inexacta para alguien que se acababa de despertar. Así que, aún desde la cama, llamé a mi hermano y le pregunté qué había pasado. “Ha habido un atentado en Madrid. El hotel de mamá estaba al lado de Atocha, donde han explotado las bombas. Por suerte salieron pronto del hotel y estaban lejos de la zona. No sé si podrás hablar con ellos; las líneas están colapsadas. Pero yo ya lo he hecho. Los dos están bien”. Recuerdo que sólo me decía: “no te pongas nerviosa, están bien. ¿Me has oído? Están bien”. Creo que ni le respondí. Colgué el teléfono y salté de la cama. Al salir de la habitación mi compañera Diletta me contó todo lo que habían dicho hasta entonces en las noticias. Enmudecimos.

Recuerdo que no quedé con nadie ese día, pero nos encontramos todos. Sabíamos dónde iríamos. Parada de metro Piazza Spagna, Embajada Española ante la Santa Sede.

Hay fechas que no quiero que se olviden de mi cabeza. Han significado un antes y un después en mí, en mi vida. Me niego a olvidar lo vivido, lo sentido, lo pensado, lo abrazado. Si lo olvidase, nada de lo sucedido tendría sentido. Como dicen en la película Monuments Men (2014): “Pueden exterminar a toda una generación. Arrasar sus casas. Y aún así el pueblo se repondría. Pero si destruyen su historia, si destruyen sus logros, es como si nunca hubiera existido.”

Por ellos. Por siempre.

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