¿Existe realmente el fracaso?

La muerte, un despido o las rupturas de pareja son vividas frecuentemente como fracasos. Fracasos personales o colectivos, pero fracasos al fin y al cabo. Ahora bien, ¿a qué llamamos exactamente fracaso? ¿A todo aquello que no sale como esperábamos?

Vivir como un fracaso todo aquello que termina o que no se concluye como desearíamos provoca frustración y rabia, además de la tristeza que acompaña toda pérdida. Tener dicha sensación aparece debido a la idea preconcebida y fantástica de que podemos controlar todo, y es en el momento que algo no sale como esperábamos que sentimos que hemos fracasado. Cuántas veces no habrás oído o dicho eso de «¡todo me sale mal!». No, no es que todo salga mal. Es sólo que algo a lo que habíamos puesto ilusión y ganas, y creíamos tener bajo control, ha tenido otro desenlace. Sólo eso.

Dar importancia a lo que ha terminado es no dar importancia a lo que ha sucedido, al recorrido hecho, a lo que dicha circunstancia ha transformado nuestra vida. Basar la vida en objetivos cumplidos nos hace perder la perspectiva y el sentido de lo que realmente tiene valor, que es vivir experiencias y aprender de ellas, independientemente del resultado.

Reduciendo al absurdo esa idea de fracaso, la vida también podría ser vivida como tal, pues el día que nacemos estamos encaminados hacia la muerte, algo que, queramos pensar, creer, aceptar o no, acabará llegando. Y sinceramente, no creo que ninguna vida sea un fracaso.

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