Nada es perfecto. Nadie es perfecto.

Últimamente estoy observando que la palabra perfecto puede tener más connotaciones negativas de las que nos imaginamos. Según describe la RAE, perfecto/a hace referencia a algo o alguien que posee el grado máximo de una determinada cualidad o defecto. Pero, ¿quién marca cuál es el grado máximo? Y sobre todo, ¿para qué se quiere alcanzar dicho grado?

Hace unas semanas me decía un paciente en consulta que anhelaba ser perfecto en todo: en su trabajo, en su familia, en el deporte. Y para ello buscaba siempre tomar la decisión perfecta. Al intentarlo, se frustraba porque nunca sabía qué decisión tomar, y su vida es un mar de dudas sin rumbo fijo y sin puerto al que llegar.

No se trata tanto de buscar cuál es la acción correcta que debemos elegir, porque probablemente no exista, y si existe, será por un breve periodo de tiempo. Lo que hoy puede resultar perfecto, mañana puede resultar un verdadero desastre. Un claro ejemplo son los cánones de belleza que durante siglos han ido cambiando en la sociedad.

Al final, de lo que se trata es de encontrar las cosas buenas, positivas y saludables que tienen las decisiones que tomamos, pues ésas son las que marcan nuestros pasos y las que nos empujan a seguir y a buscar la felicidad. No las perfectas. No tratemos de ser perfectos; tratemos de aceptarnos y sacarle partido a nuestra forma de ser, de vivir y de sentir.

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