Sobre los juicios y las etiquetas

Ayer empecé a leer Compórtate, un libro que habla sobre la biología que hay detrás de nuestros comportamientos; está resultando ser una lectura entre divertida e interesante para los curiosos de la ciencia como yo. A las pocas páginas de empezarlo, Robert Sapolsky ya nos describe algo que me resuena mucho. Afirma que cuando inviertes tiempo en etiquetar o nombrar algo, pierdes la perspectiva de conjunto. En otras palabras: te pierdes lo que está pasando en su conjunto, para focalizarte solo en esas etiquetas que acabas de definir que hacen que sólo veas una parte.

Ahí encontré una explicación más a porqué no suelo etiquetar a las personas, y mucho menos las circunstancias que acontecen, ni como buenas ni como malas. Os pongo un ejemplo: si pruebo una tarta Red Velvet y la defino como esponjosa, mi mente codificará solo esa característica, y se fijará en la textura, perdiéndose la armonía de sabores, la capa que lo recubre, lo dulce que está… Fijándonos en un solo aspecto nos perdemos todos los demás (¡y una Red Velver no es para perderse detalle!).

Pero escucho a mi alrededor, y todo son juicios de valor, de moral, de calidad… El otro día un paciente en consulta me dijo: “Nika, no sé cómo decirte esto, porque sé que te voy a decepcionar”. Me sorprendió más que pensara que fuera a decepcionarme que la decisión que había tomado. Se le veía realmente nervioso antes de decírmelo, y tan pronto soltó la bomba le dije que me parecía que había tomado una decisión muy acorde con su circunstancia vital. Como le comenté, mi trabajo consiste, desde una empatía auténtica, en comprender porqué y para qué actuamos de determinada manera, ayudar a los demás a conocerse y a tomar las decisiones que más van con cada uno en esa etapa de la vida.

La norma es juzgar, posicionarse, etiquetar. Ver y opinar sobre lo que hacen los demás y tener poca introspección y crítica constructiva en uno mismo. Al juzgar, como nos dice Sapolsky, nos perdemos todo el conjunto, nos perdemos a la persona. Es hablar sobre cómo debería ser el mundo más que ver cómo es el mundo. Cierto es que nos regimos por normas sociales, pero dentro de unos límites de libertad y respeto, todo vale.

Por otro lado, puede ser que debido a mi educación, tengo interiorizado eso de “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Es probable que un hecho en un momento dado te parezca que está mal, pero, ¿y si con el paso del tiempo te ves en una situación parecida y eliges hacer eso mismo que antes juzgabas que estaba mal? ¿Y si en el pasado has vivido una circunstancia parecida, y lo que te lleva a juzgarla en los demás es que no la has recolocado bien en tu interior? ¿Y si resulta que juzgas solo porque necesitas unas pautas para funcionar y para relacionarte con los demás, pues sin ellas andas perdido por el mundo?

Como decía, creo que todo es válido, mientras se respete la libertad del otro. Y si por un casual os lo preguntáis, por supuesto que hay actuaciones de los demás que me hacen daño o me desagradan. Lo que hago entonces es observarlas, ver cómo me afectan y alejarme de esas personas, si considero que es lo más sano para mi evolución. Ancha es Castilla, que dice el dicho, y podemos tomar caminos distintos en nuestra búsqueda personal de la felicidad.

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