Te lo agradezco, pero no

Cada vez más vivimos en un mundo de opciones múltiples. Basta con salir a la calle y ver la cantidad de restaurantes que hay donde elegir qué cenar. Y por supuesto, a todos no nos gusta lo mismo. Es más, en ocasiones ya vamos directamente al sitio en cuestión para no perder tiempo eligiendo o dando vueltas. Si tenemos tan claro que podemos elegir, ¿por qué no lo tenemos tan claro cuando se refiere a relaciones?

Últimamente veo muchos casos en consulta de pacientes que conocen a alguien que les gusta, con quien están a gusto, pero a la hora de establecer la relación, el modo de llevarla no les satisface. Por ejemplo, un paciente me comentaba que su ya no futura pareja le proponía una relación de fines de semana, estando el resto de la semana sin saber el uno del otro. Otra paciente me decía, con tristeza, que a ella no quería lo que le ofrecían, que era una relación a escondidas.

Así pues, en las relaciones, al igual que sucede con los restaurantes, puede gustarnos lo que son pero no lo que nos ofrecen. Suelo exponer mi caso para explicarlo de un modo más gráfico: yo tengo intolerancia a la lactosa y por ello no puedo ir a cualquier restaurante. Tengo que mirar bien la carta y ver qué ofrecen para saber si puedo o no comer allí. Eso no quiere decir que el restaurante sea malo; solo que para lo que yo puedo comer y digerir, no puedo elegir cualquiera.

Aceptar que no nos vale cualquier cosa, ser selectivos a la hora de elegir y saber bien qué es saludable para nuestro cuerpo, tanto a nivel alimentario como emocional, es esencial para nuestro bienestar. Cuando no elegimos algo, no rechazamos a la persona (o al restaurante), rechazamos lo que nos ofrece.

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