¿Por qué no responde mis mensajes?

Hace unos días leía un artículo de Victor Lipman sobre porqué en el mundo laboral la gente no responde correos o mensajes que se le mandan. Lipman describe tres razones para este comportamiento y son los siguientes:

1) Los mensajes que recibimos pueden llegarnos desde diferentes vías, como Whatsapp, Twitter, Facebook, LinkedIn, emails, correo tradicional, buzón de voz del teléfono…y perder uno de ellos puede darse, sin que seamos conscientes de ello.
2) Estamos demasiado ocupados y seguimos pensando que el ser multitarea nos hace más efectivo (ya reflexionamos sobre eso en otra entrada). Es frecuente vernos en situaciones en el trabajo en las que estamos respondiendo una llamada, mientras hacemos gestos a un compañero dando la aprobación a algo que nos está comentando, mientras buscamos entre papeles la documentación para una reunión que tenemos en unos minutos.
3) Y por último, Lipman afirma que podemos no querer contestar mensajes porque somos perezosos y no queremos enfrentarnos a la situación de elaborar una respuesta para el mensaje que nos acaban de mandar. De este modo, vamos dejando el mensaje en la bandeja de entrada, con la ilusoria idea de que, o se responderá solo o que el emisor olvidará que nos lo ha mandado.

Bien. Esas respuestas nos pueden servir en el mundo laboral para entender porqué la gente no responde los mensajes que mandamos. Pero, ¿qué pasa en el ámbito personal? ¿Por qué cuando mandamos un mensaje, y más si tiene cierta carga emocional, no damos o recibimos respuesta? He encontrado que también tres son los motivos por los que no se da respuesta a los mensajes que nos llegan, de carácter personal.

El primero, y coincidiendo con Lipman, es por falta de tiempo. Estamos demasiado ocupados en vivir al máximo y exprimir cada momento del día que nos olvidamos de lo importante. Bien es cierto que la multitarea no nos hace ningún bien, pero tampoco abandonar cualquier área de nuestra vida. Recordemos que lo importante debería ir por delante de lo urgente.

El segundo motivo es no saber qué decir, puesto que nos quedamos impactados ante el mensaje que nos llega, o porque lo que nos sale en un primer momento consideramos que no es apropiado y preferimos dejar pasar el tiempo, y esperamos que nuestra emoción y nuestra razón se equilibren para responder como realmente queremos. Eso nos puede llevar minutos, horas, días o semanas. Si sentimos que queremos responder, encontraremos las palabras justas y adecuadas para expresarnos. Lo idóneo sería hacerlo desde la coherencia interna entre lo que pensamos y sentimos.
Es probable que nos quedemos esperando una respuesta un tiempo, pero esa respuesta parece que no llega. Entonces es cuando pasamos al siguiente punto y hallamos la solución al enigma.

El último motivo y el que más nos cuesta aceptar cuando no recibimos respuesta por parte de la otra persona es que no tiene nada que decirnos. Denota de este modo una intención o deseo de no continuar con la conversación o con la relación.

La comunicación se da cuando hay un emisor que transmite un mensaje a un receptor. Se crea un diálogo cuando esta acción es bidireccional. Es decir, cuando por ambas partes hay un interés por intercambiar ideas, sentimientos, planes, pensamientos, dudas, soluciones… Si esto no se da, se queda en eso, en una comunicación unidireccional.

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